Más congelante que un copo de miedo.

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Todos en mayor o menor medida estamos familiarizados con el término psicosomático, que significa que las emociones se expresan a través del cuerpo en forma de enfermedades.

Ahora bien, pensando sobre la relación entre las emociones y su repercusión inconsciente en el cuerpo me llama mucho la atención el poder paralizante del miedo. (Claro que el hecho de no alcanzar tus objetivos nunca fue visto como una enfermedad pero bien podría serlo, sin duda puede llegar a ser un padecimiento crónico.)

Unos días atrás tuve una experiencia gráfica de lo que el miedo le hace al cuerpo y a la persona. Hace tiempo tenía la ilusión de aprender a esquiar, era algo que me habían recomendado con entusiasmo pero que nunca había tenido la oportunidad o la determinación de hacer y que por fortuna pude experimentar hace poco tiempo. Yo nunca había esquiado y no me considero habilidosa con las piernas, aprendí a andar en bicicleta ya siendo grande, nunca pude aprender a patinar en rollers y en hielo me he dado unos cuantos sentones; así que la incertidumbre de si podría lograr desplazarme sobre la nieve en patines era grande, y a juzgar por los antecedentes poco prometedora.

El primer día tomé una clase de jornada completa, el paso uno en la clase es ponerse los esquís, lo cual es relativamente sencillo, solo que mi bota terqueaba con no querer meterse en los seguros de los esquís, además de que tenía mucha dificultad frenando, me resbalaba, no podía subir la pendiente, fui la imagen humana más parecida a Goofie con patines que hayan visto. Varias veces tuve ganas de claudicar, me dije: ¨bueno, no pasa nada si no esquías, los lifts los puedes usar para subir a comer, disfrutar la vista o hacer angelitos de nieve. No hay nada de malo en reconocer tus limitaciones¨.

Pero por mi bien seguí y al final de la clase ya no me la estaba pasando tan mal, al menos ya no tenía ganas de llorar.

El mayor aprendizaje vino el día siguiente, resulta que cuando estamos con una persona muy cercana con quien tenemos una relación de intimidad somos más propensos a dejar que nos dominen nuestras emociones sin los filtros que solemos poner para con la gente con quienes tenemos menos confianza. Ese día iba con mi novio.

Estábamos en la misma zona donde había sido la clase anterior, yo ya la conocía bien así que tomé la magic carpet (una especie de cinta transportadora que te lleva hacia arriba de la loma) con toda seguridad y llegando a la parte donde apenas un día antes había esquiado, el miedo me inundó el cuerpo. Sentí que una fuerza me embargaba y me dejaba inmóvil, no podía bajar, no podía pensar claramente. Me saqué los esquís y sentí un gran alivio, le dije a mi novio que no podía hacerlo, que bajaría caminando. Él tratando de apoyarme me seguía hablando, no estoy segura de lo que dijo porque tampoco podía escucharlo. Le pedí que por favor se alejara. Necesitaba unos momentos para retomar el control de mi cuerpo, de mi mente y de mi miedo.

En mi vida he tenido miedo muchas veces, miedo a fallar, miedo a entrar en una relación cuando creo que me enamoraré perdidamente, miedo a estar sola, miedo a fallar (ya sé que lo estoy repitiendo, también lo hice en mi vida) y por primera vez tuve frente a mí sobre la ladera de la montaña la imagen gráfica de lo que el miedo me había hecho a lo largo de mi vida, en mi historia, en todos los momentos en los que la toma de una decisión quedó supeditada a ese pavor congelante, más congelante que el mismo hielo.

Ya lo sabía, todo el mundo te dice que el miedo es el peor consejero y tienen razón. Pero estar en un lugar relativamente seguro, acompañada de alguien querido y atestiguar que esa fuerza es superior a la de tu razón, me pareció mágicamente revelador.

Después de esos pocos o muchos minutos (no tuve noción exacta del tiempo) me sentí en paz y en control de mí misma, me volví a poner los esquís y bajé la montaña.

Aprender a esquiar fue de las experiencias más enriquecedoras de mi vida, me sentía como niña que después de aventarse cincuenta clavados sigue queriendo jugar en la alberca y aunque se siente exhausta y le pesan las piernas sigue subiendo para tirarse otra vez.

Cuando dejas de temer, esquiar es maravilloso, así también lo es la vida.


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